1.1 Lo que no quería oír
Sentado en su trono, fortificado por una mesa y respaldado por los títulos que le hacían dueño de la sala y de la situación, el médico, casi como una criatura divina, daba su veredicto. Las imágenes en su ordenador debían ser claras y contundentes, pues no hubo titubeo alguno en sus palabras.
—Hay que operar, y para eliminar el tumor por completo con el menor riesgo posible, lo mejor es sacrificar el oído.
Su voz se fue alejando en un espacio que parecía expandirse, dejándome solo y diminuto en aquella silla, mientras mi silencio iba cubriendo, como la noche, cualquier pensamiento o sonido. Mi oscuridad no me dejaba ver la luz al final del túnel, una luz que el médico trataba de enseñarme. Una solución fácil para un problema difícil que no estaba dispuesto a aceptar, y es que conformarme no formaba parte de mi naturaleza. Era cada paso que me había llevado hasta allí y el lugar donde me encontraba sentado, pero nada me definía mejor que el camino que soñaba recorrer. Esa era la principal esencia de mi naturaleza: soñar.
Soñaba a menudo, distraído, imaginando tantos caminos que mis ojos de mirada vacía eran la señal, que mi mente habitaba una vez más otro lugar. Mi cuerpo, ausente de alma, permaneció sentado en la silla sin mostrar signo alguno ante las explicaciones del médico, al que era incapaz de escuchar. Desconozco el tiempo que pasó mientras mis preguntas sin respuesta, como si de un agujero negro se tratara, abismaron cualquier física del mundo conocido. Yo, que me encontraba al filo de aquella oscuridad, suspendido en el horizonte de sucesos, no podía hacer más que imaginar la cuántica de todo lo posible. Infinitas preguntas. Infinitas como la fuerza de aquel suceso cósmico. La gravedad de su interior tiró de mí y no había luz suficiente en la solución propuesta por el médico que me hiciera escapar de aquel inmenso poder. Caí. Caí y fue eterno el caer hasta el centro sin que nada avanzara, mientras mis pensamientos flotaban en una nebulosa compuesta por todas aquellas preguntas que, como yo, habitaban la nada.
¿Cuántas desgracias más debía soportar en tan poco tiempo?
¿Qué sentido tenía todo aquello, si acaso lo tenía?
¿Qué rumbo debía tomar a partir de ahora?
De nuevo la gravedad tiró de mí, haciéndome caer sobre la silla, ante el médico: la realidad.
—¿Entiendes lo que te digo? ––Una pregunta que me aplastaba en la silla, mientras mis labios eran incapaces de articular una respuesta.
—Sí. ––Respondí con un simple monosílabo.
Era una operación importante, de eso no había ninguna duda, pero también era la solución a un problema que había ido creciendo lentamente en mi cabeza. Un problema creciente que limitaba mi sentir, aumentaba mi dolor, y el acúfeno que me estaba volviendo loco. Un tumor que me obligó a tomar decisiones que cambiarían el rumbo de mi vida. La más relevante: abandonar las oposiciones a bombero y el trabajo que cada verano me acercaba al fuego. Al hacerlo, toda una vida se apagó, dejándome como único recuerdo la fría ceniza. Amigos, hábitos y rutinas de los que me alejé, incapaz de ver en el fuego de sus objetivos la manera de levantar mis ruinas.
Más adelante, alejado del fuego, elegí volver a construirme en el lugar que me vio nacer: Esplugues del Llobregat. Allí abrí una tienda, creé una comunidad y más tarde volví a fracasar. Pese a todo, no me rendí y seguí caminando hacia nuevos objetivos. En ese camino, y a escasas semanas de empezar a escribir esta historia, me apunté a un curso de producción musical. En aquellas clases, en las que doblaba la edad a los demás alumnos, demostré que mi interés y mis ganas de aprender también eran muy superiores. Me jugaba mucho. Tal vez aquello sería lo último que haría con dos oídos. No me equivocaba.
Frente a aquel médico, tras mi monosílabo afirmativo y mis reflexiones, tuve que escuchar lo que en realidad no quería oír: que otra etapa llegaba a su fin; que aquella lucha en la que mi tiempo perdido aventajaba ala prisa repentina de ser quien siempre había querido ser, se acababa. Necesitaba tiempo. Era lo único que una persona podía anhelar más que el dinero, más que el amor, más que su vida, más que cualquier otra cosa para poder conseguir todo lo anterior. Tiempo.
¿Acaso me tenía que conformar de nuevo?
Ya lo hice una vez y no me enorgullezco. Ya me doblegué ante la presencia de la muerte y aunque fue una buena solución, no quiero que aquello me vuelva a definir. Soy y seré inconformista independientemente de la fortuna que me toque vivir. Y es que, a la vista de otros, tal vez era un hombre sin suerte, pues en tres años me había tenido que imaginar la muerte más que en toda una vida. Tres años y dos tumores: uno en el oído, el otro en el colon… Sí, tal vez era un hombre sin suerte. Por eso, necesitaba tiempo, tiempo para despedir a mi oído y todo lo que había perdido con él. Eso es lo que merecía. Entrar en la última curva derrapando y sacando humo. Con el motor gripado y gastado a punto de pararse. Ese era el final que merecía aquella etapa de mi vida. Ese era el final que merecía mi oído.
—¿Hay más opciones? —conseguí decir finalmente, tras ordenar brevemente el caos de mis pensamientos.
—Sí, pero esta es la mejor opción ––Su mirada era firme y de total confianza, algo que aún hoy sigo admirando cuando lo recuerdo.
—¿La operación puede ser más adelante? —Era un ruego más que una pregunta.
—Si no es de inmediato, puede ser después de verano, el 20 de septiembre. —Supongo que supo leer mi ruego en mi mirada más que en mis palabras.
No estaba dispuesto a rendirme tan fácilmente. Si había esperado todos esos años era, primero, por recomendación médica, y segundo y más importante, porque mantenía la esperanza de que en ese tiempo avanzara la medicina lo suficiente como para no tener que perder el oído.
¿Pero acaso tenía más opciones?
Por el momento me quedé con esa fecha. Salí de aquella visita consciente de cuál sería mi búsqueda, con una fecha en mi haber y la primera página escrita del guion de esta historia. Mientras buscaba esas opciones, solo anhelaba una cosa: aprovechar mi tiempo después de haber escuchado lo que no quería oír.
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