11 La cuarta habitación
La puerta tiembla ante una fuerza invisible que amenaza con destruir la última protección de un mundo que muere por no ser vivido. El polvo, que ha perdido su ligera ingravidez, se acumula sobre los objetos que recuerdan que no todo estÔ perdido, que aún es posible volver a crear un camino. Objetos que ya cumplieron su cometido. Caminar, volar, crear.
Unas botas descansan junto a la puerta, cubiertas de barro y sangre seca. Esparcidas por el suelo, unas plumas son lo que queda de las alas metĆ”licas que un dĆa fueron forjadas para volar. Colgada en la pared, una mĆ”scara sonrĆe al tiempo que una lĆ”grima se descuelga del orificio vacĆo donde unos ojos deberĆ”n darle vida una vez mĆ”s. La lĆ”grima cae al suelo y estalla, despertando con su pequeƱo estruendo a los sonidos que se ocultaban en el falso silencio.
Un zumbido constante lo cubre todo con su pesada atmósfera, aplastando los colores y atenuando su ya olvidada viveza. Blanco, negro y el ruido que permanece en el lugar de su cuerpo donde antes hubo un oĆdo. Nada mĆ”s. Hace tiempo que dejaron de escucharse las voces y, con ellas, el mundo ha perdido su Ć©pica. Vivir intensamente ya no es necesario. Las historias que se cuentan carecen de relevancia y se desvanecen en el silencioso eco de su pasado.
āTal vez ya deberĆa haber muerto, pero no lo hice. AĆŗn sigo teniendo una oportunidad, una vida.
El hombre permanece sentado sobre el trono en el que inventó a sus demonios y donde acabó convirtiéndose en ellos. Su cuerpo, que ha dejado de luchar contra la gravedad, se aplasta sobre la espuma gastada, difuminando la frontera entre piel y cuero. Su trono y su cuerpo parecen ahora un mismo conjunto: una suma de arrugas y cicatrices esculpidas por el tiempo.
En su regazo, su cuaderno iluminado espera. La luz de la pantalla se refleja en su rostro, inmóvil, mientras sus dedos descansan sobre las teclas. Pero ya no hay motivo alguno para que repiquen sobre las teclas. Solo queda la quietud.
Su mirada parece haber recorrido mil yardas; no apunta a ningĆŗn lugar concreto y se hunde en el sinsentido de un pasado que lo retiene. Recuerda la tormenta que lo cambió para siempre, la que le dio un nuevo nombre. Unoido. Cierra los ojos. Da golpes sobre el suelo con uno de sus talones, marcando ritmos de melodĆas imaginarias, contando los compases hasta el siguiente trueno. Un trueno que no llega. Ya no hay tormenta.
Mientras espera, da otra calada al cigarrillo y, desde el extremo mĆ”s alejado del papel, las brasas iluminan su rostro. Las arrugas marcadas por aquello que ha reĆdo y llorado demuestran la intensidad con la que lo ha hecho. Vivir intensamente fue siempre su mayor anhelo, un deseo cada vez mĆ”s difĆcil de alcanzar por el avanzar inexorable del tiempo.
Abre los ojos. El humo se escapa de sus pulmones y con él se dibujan las formas de los seres mitológicos que lo han construido: un Ôrbol, un remolino, una sirena, un cuervo, un lobo, una serpiente⦠Todo se desvanece. Ha aprendido a forjarse en la dificultad y a hacerlo por necesidad, pues ahora conoce mÔs que nunca la premura del tiempo. Sabe que se le acaba, que hay muchas cosas que ya no podrÔ hacer. En ese conocimiento se siente atrapado, prisionero de una sola vida, maldito por el pensamiento de todas aquellas que pudo haber tenido y que ya nunca tendrÔ. Se resigna, o al menos lo intenta.
La puerta se abre dando un golpe contra el marco. No parpadea. No se mueve. Estaba preparado. Hace mucho que comprendió que el refugio era solo un lugar de paso, que tras la puerta otra historia espera su vuelta al mundo de lo ordinario. AquĆ empieza el primer capĆtulo. Escribe, y sus palabras le arrancan una sonrisa y una lĆ”grima. Cierra su cuaderno iluminado y lo guarda en su funda.
Camina hacia la luz y la sombra que aumenta tras Ć©l queda atrapada para siempre en la oscuridad de la cuarta habitación, alimentando el recuerdo de la tormenta que lo transformó. Lo hizo: la tormenta lo cambió. Por eso ahora es otra persona caminando con el mismo cuerpo gastado y maltrecho; otra historia que da comienzo, una nueva oportunidad. Pese a ello, se siente vacĆo, como si ya todo lo hubiera vivido. Esa es la maldición del hĆ©roe: volver a vivir en paz despuĆ©s de haber aprendido a vivir en guerra.
Atraviesa la puerta y se aleja de la cuarta habitación, de su refugio. Tararea:
āVolver a empezar, volver a caminar.
