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capítulos

1.4  delirios

No podía dormir. El dolor, el acúfeno y la espera a la que yo mismo me había sometido no me lo permitían. El dolor de cabeza que se extendía a mi mandíbula, me hacía apretar los dientes y juntar los párpados, dibujando con todo ello un retrato de escasas luces y muchas sombras. «Tienes mala cara», escuchaba más a menudo de lo que me hubiera gustado. El acúfeno modulaba su frecuencia constantemente, como el sonido de una ambulancia que anuncia la urgencia de la enfermedad. Un pitido molesto que me recordaba madrugadas de resaca, a fiestas interminables pegado al retumbar de un altavoz. Un pitido que desaparecía al día siguiente. El de ahora no lo hacía; permanecía en mi cabeza sin mi consentimiento. No podía dormir por aquel maldito ruido. No podía dormir por la espera. La espera de un mañana en la que confirmaría la fecha de la operación, en la que empezaría a contar el limitado tiempo hasta ese día y en la que debía demostrarme que aún podía alcanzar la inmortalidad con aquello que escribía. Desvelado, sentado en la silla, miré los objetos que hacía tanto me rodeaban.
  Frente a mí, una pizarra ocupaba toda una pared y, en ella, el dibujo de una serpiente era el recuerdo de una guerra pasada: el tumor que me hizo perder gran parte del colon. Era el aviso de una tormenta que pronto me volvería a cambiar para siempre. Había dibujado aquel mural hace mucho, pero seguía teniendo el mismo significado para mí. Era el dibujo de un uroboro, el renacer. A continuación, colgaban los dibujos de un soporte metálico que instalé durante una pandemia colectiva y un tumor individual. Garabatos que eran recuerdos de cuando todos fuimos encerrados o enfermos, y yo, de ambas maneras, dibujaba mis problemas. Pero eso es otra historia. En todo caso, garabatos cuyas formas intentaban imitar los sueños y pesadillas de toda una vida. Dibujos de seres cuya oscuridad me definían. Giré la silla hasta el teclado en el que escribí muchas de estas palabras. Un teclado custodiado por dos altavoces que pronto cambiarían de sitio, ya que tenerlos a derecha e izquierda de mis oídos pronto no tendría sentido. Seguí girando hasta el teclado de blanco y negro, donde torpemente buscaba la sonoridad de esta historia. Así era y es la cuarta habitación donde aún hoy permanezco: mi refugio, mi templo, el lugar donde esperar mientras hago aquello que mejor sé hacer: escribir. Sentado en la silla, que también era el trono de demonios que ya había inventado hace mucho, pero de los que nunca había escrito, pude ver con claridad, tal vez por el dolor, por la falta de sueño o gracias a la música que brotaba de mis dedos, los delirios que tanto diferenciaban esta historia del resto. Mis delirios que, como sueños o pesadillas, conseguían traspasar el fino velo de mi realidad. A ellos acudía incluso sin quererlo, para escapar, para aprender, tal vez para darle sentido a mi vida. Los fui creando tal como se crea una religión, a base de la necesidad: la necesidad de comprender el mundo, mi mundo. Les di forma como se hace con los mitos, buscando la épica, la transformación. Delirios que irremediablemente fueron tomando cada vez más protagonismo, transformando esta historia que solo yo podía ver, escuchar y sentir como real. Delirios que sentia con más intensidad que nunca, tal vez por la falta de sueño, por el exceso de pastillas, o por el humo que me aislaba del mundo haciendome hablar en presente… Cae una pluma tras mi ventana, miro el reloj y este avanza sus números rápidamente. Luz y oscuridad bañan mi silueta inmóvil mientras mis ojos son incapaces de seguir el ritmo frenético del pasar del tiempo. Sentado aún en la silla, alargo la mano y en la observación de su forma pasan días y noches completas. El reloj cambia sus cifras frenéticamente, haciendo caer los días del calendario. En la pantalla de mi ordenador aumentan las palabras que revelan la magnitud de esta historia creada a base de canciones no terminadas, por demonios que recitan bajo la tormenta a una velocidad que no alcanzo a comprender. Todo se acelera, se difumina. Respiro lento. Cierro los ojos y, al abrirlos, el reloj late despacio de nuevo. Estoy presente en mi futuro. No puedo comprenderlo, aun así, puedo sentirlo. Caen más plumas del cielo, que son acompañadas por gotas que son como lágrimas. El retumbar de los truenos destruye mi techo; se abre un cielo de nubes negras sobre mi cabeza y la silueta de una gran serpiente aparece ante mí. La tormenta. Son sus ojos un espejo en el que me veo reflejado, su girar sobre el cielo el intento de atrapar mi mundo bajo su reinado y sus palabras una orden, un aviso, una advertencia, una profecía que a partir de ahora marcará todos mis pasos. Antes de que llegue la tormenta
Crearás, cantarás, bailarás con tus demonios Sus palabras preceden al silencio que hace más pesada la gravedad que me rodea. Cae el cielo y bajo mis pies se abre un agujero negro del que no puedo escapar. Caigo, y en el caer soy alzado una última vez por mis demonios. Dejo de respirar. Sonrío. Todo se detiene por un instante. Se termina la función y no hay aplausos, mas el silencio es la recompensa a todo mi trabajo. Cae la serpiente sobre mí, como un rayo, como un foco cuya luz ha iluminado mi escenario. A ella le entrego mis canciones inacabadas desde un futuro al que tú, que me lees, aún no has llegado. Desperté. No pude dormir más, no tras haber vivido mi futuro, no tras saber lo que debía hacer antes de que llegara el 20 de septiembre, antes de que me quedara sordo de un oído, antes de que llegara la tormenta y se acabara el guion de esta función. Aquella noche solo quise sentir la música como nunca, abrazarla con fuerza, con dos oídos, antes de perder uno de ellos; ese era mi único deseo. A ella le canté esa noche.

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