1.3Â Decidir
El sol tiraba de su cielo, tiñendo de rojo su último horizonte; mientras, la noche aprovechaba su espacio para estirar su manto y construir con él un refugio donde mis sueños y preocupaciones pudieran expresarse sin miedo… y asà lo hicieron cuando ya no hubo luz y el silencio dio paso a estas palabras.
Escribà con la esperanza de que cada golpe sobre el teclado me hiciera comprender la situación a la que me enfrentaba. Pero las palabras volaban y se desvanecÃan junto a mis respuestas.
¿Cómo iba a operarme? ¿De qué manera?
El viento se vistió con nubes que cubrieron de negro sobre negro el cielo. Tras mi ventana, las ramas de los árboles se agitaban y parecÃan bailar una sinfonÃa que mis dedos, casi de manera inconsciente, empezaron a imitar frente al piano.
Una vez más, la música me ayudarÃa a decidir lo que mi mente consciente no podÃa comprender.
TenÃa que elegir entre dos opciones, de dos médicos y dos hospitales distintos. Una decisión que debÃa tomar sin conocimientos médicos, dejándome llevar por el instinto más que por las estadÃsticas que me ofrecÃan como único conocimiento. Más que una decisión, parecÃa una apuesta. Una en la que perder o ganar se pagaba con la misma cuenta: mi cuerpo.
TenÃa que decidir y lo querÃa hacer cuanto antes. No iba a salir de la habitación ni a levantarme de la silla hasta conseguirlo. Lo harÃa con la ayuda de estas palabras, con los sonidos de un piano que, pese a no saber tocar, siempre me habÃa ayudado.
Toqué acordes aleatorios. Mi voz, apenas un susurro, se deslizaba entre la penumbra de la estancia, tÃmida, buscando acoplarse a los sonidos que disparaban mis dedos sobre el teclado. Palabras sueltas sobre acordes inciertos. Palabras con las que imaginaba todas las posibilidades de una elección que aún no habÃa tomado.
¿Perder el oÃdo o jugar a conservarlo?
La música empezó a fluir bajo mis dedos y la melodÃa me transportó a otro tiempo. Me imaginé en el futuro, en ese mismo lugar, frente al piano, con un talento nacido del tiempo que tal vez dedicarÃa tras la operación. Me imaginé con ambos oÃdos. Con el tumor reducido y obligado a sacar todo aquello que desde bien pequeño habÃa sentido en mi interior. En ese futuro imaginario, crearÃa letras y sonidos de una historia donde morir poco importaba y tan solo era relevante vivir dejando algo escrito.
Todos morimos; lo importante no es cuándo, sino cómo.
Nunca pensé vivir mucho tiempo. Mi sueño siempre fue morir joven y que la inmortalidad de mis actos perdurase en el tiempo más allá del marchitar de una sola vida. Sueños de niño. Ahora que habÃa traspasado el umbral de la juventud y nada habÃa conseguido, solo me quedaba la esperanza de aprovechar mi tiempo a costa de cualquier riesgo.
TenÃa que arriesgarme, aquel era el camino que debÃa recorrer. No perderÃa el oÃdo, al menos durante un tiempo. LucharÃa contra la incertidumbre, con la ayuda del segundo médico, el que prometÃa, el que me dijo lo que querÃa oÃr. Recordé y me mordà la lengua. El dolor me hizo más consciente de todo cuanto me rodeaba, de todo cuanto imaginaba.
Truenos y destellos iluminaron el cielo. Los árboles temblaron pese a estar amarrados al suelo. Sus ramas se encogieron, dejándome ver un gran velo, y la silueta de una gran serpiente apareció tras él. Mis dedos, poseÃdos, bailaron sobre las teclas. La piel se me erizó y una caricia invisible me tocó, tal vez desde otro tiempo, desde otra vida. Una vida construida por los eventos de la desgracia, que querÃa cambiar por la épica del luchar que tanto definirÃa mis palabras.
La melodÃa se vino abajo y el silencio dejó de nuevo espacio en mi habitación.
Un espacio que rápidamente ocupó mi acúfeno, el dolor, la angustia. Fue entonces, cuando mis hijos irrumpieron en la habitación, llenando todo el espacio. Gritaban mi nombre entre risas y juegos. Me devolvieron a la realidad. Ellos eran mi mayor triunfo. Su presencia me recordaba que no todo estaba perdido. Que aún conservaba lo más valioso: el amor de quienes seguÃan a mi lado. El amor de la persona que me habÃa dado todo cuanto tenÃa; que erradicaba mi oscuridad con su luz.
Mi clave de sol y yo su clave de fa sobre la gran partitura de la vida.
—Es tarde, los niños ya deberÃan estar durmiendo —dije.
Los acompañé a sus camas, los tranquilicé y volvà al piano, a mi habitación, a mi soledad. Allà toqué acordes menores una vez más. Su melancolÃa me hizo ver otro futuro. Uno en el que mis hijos, ya mayores, me miraban con una mezcla de pena y miedo. Consecuencias de mi decisión equivocada.
HabÃa ganado tiempo, tal vez más melodÃas, más palabras, pero habÃa perdido mi cara. La inmortalidad de aquello que dejaba escrito era insignificante en comparación con la compasión de sus miradas.
El segundo médico, el que me ofrecÃa conservar el oÃdo, también advertÃa que el riesgo era mayor: daño al nervio facial. Parálisis. Complicaciones.
De nuevo en el presente, fui a beber agua y me paseé por el pasillo observando el silencio de aquellos que, como yo, soñaban. No estaba solo. A ellos les debÃa mis decisiones.
Dos frases resonaron en mi mente consciente.
La inmortalidad es aquello que supera nuestra existencia.
Querer a alguien es darse cuenta de que hay algo más importante que tú mismo.
Tras escucharlas elegà la única inmortalidad posible: la felicidad de los únicos que podÃan dármela: mis hijos. Decidà perder el oÃdo. Decidà luchar con ambos por el tiempo que habÃa pedido. Elegà operarme con el primer médico. El 20 de septiembre.
